viernes, 24 de julio de 2009

Dias de lectura (M. Proust)


No hay quizàs dìas de nuestra infancia que hayamos vivido tan plenamente como aquellos que creìamos dejar sin vivir, los que hemos pasado con un libro favorito. Todo lo que los llenaba para los demàs al parecer y que apartàbamos como un obstàculo vulgar para un placer divino; el juego para el que venìa a buscarnos un amigo cuando estàbamos en el pàrrafo màs interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos obligaban a levantar los ojos de la pàgina o cambiar de lugar, la merienda que nos habìan mandado y que dejàbamos intacta a nuestro lado, en el banco, mientras que sobre nuestra cabeza, el sol disminuía su vigor en el cielo azul, la comida para la que había que volver y durante la cual sòlo pensàbamos en subir para terminar, inmediatamente despuès, el capítulo interrumpido, todo eso, cuya lectura hubiera debido impedirnos percibir lo que no fuese la inoportunidad, grabada al contrario en nosotros un recuerdo tan dulce ( mucho màs precioso para nuestro juicio actual, que lo que hoy leemos con amor) que si en la actualidad nos sucede volver a hojear esos libros de antaño, sòlo es como los únicos calendarios que conservamos de los días que hoyeron y con la esperanza de ver reflejados en sus pàginas las viviendas y estanques que ya no existen.